ARTES Y OFICIOS ………………………………………………………………………… Terminamos siendo Mártires del Deseo…nos enrostra en su novela el escritor Cesar Alzate Vargas

MARTIRES DEL DESEO
LA NUEVA NOVELA DE
CÉSAR ALZATE VARGAS
Movil:301 233 5454. borealia2@hotmail.com

El libro está en las librerías comerciales desde la última semana de noviembre de 2007, con un costo de $30.000 el ejemplar. Quienes tengan dificultades para encontrarlo, pueden comunicarse con el Ateneo en Medellín (4) 216 0708, diverciudad@ateneodemedellin.org o directamente con el autor a: borealia2@hotmail.com

Uno

El muchacho estaba a solas en el apartamento

Fragmento del capitulo uno (p 37-44) … las citas al final del texto

Los jesuitas habían hecho de su universidad el medio idóneo para acumular las dos cosas que más les interesaban: dinero y poder, ofreciendo a cambio la quimera del conocimiento, y la proclamaban como propicia para el encuentro de clases: las clases altas de esa capital y de muchas ciudades. Herederos de la élite, a sus discípulos se los llamaba con sorna ‘estudiantes pitillo’. Esto es, hechos de plástico y vacíos por dentro, como los tubitos que se usaban para beber refrescos. Circulaba un chiste según el cual en la universidad de Nicolás Antela la carrera más difícil de pasar —aprobar— era la Séptima. Aludía a la avenida sobre la que se levantaba la ciudadela académica. Sátiras no del todo injustas, pero en cambio un diploma de la Compañía de Jesús otorgaba a su tenedor el acceso automático a los puestos de privilegio de la burocracia colombiana. Y ni qué decir de las puertas que abría en Borealia. Nicolás Antela tenía plena conciencia de que su universidad era un refugio de ensueño para un joven como él, que había abandonado su país en un momento histórico en que lo mejor era irse de allí. La de Bogotá fue por demás una de esas épocas engañosamente tristes, a las cuales el recuerdo libera de toda desazón para entregárselas a la nostalgia con una mayor carga de alegría de la que en realidad tuvieron. Porque en Bogotá la tristeza era una bonita forma de verse.

—¿Aló?

—Hola.

Era la voz esperada. Los labios.

—¿Dónde estás?

—En el aeropuerto.

—¿En Eldorado?

—Todavía en Rionegro.

—¿A qué hora sale el vuelo?

—En cuanto retiren las cabras de la pista.

—¿Quieres que te recoja?

—No, no quiero hacerte esperar. Yo mejor cojo un taxi cuando llegue.

—Okei. Tráeme un suspiro de Medellín.

—Te llevo a mí.

—Lo mejor de tu tierra.

—Te amo.

—Yo también te amo —mintió un poco, pero el ser que le traía ese cuerpo deseado y esos labios exquisitos merecía escuchar las palabras que le harían feliz.

Dicho ser tenía por nombre Esteban Robledo. Se conocieron en la universidad de los jesuitas, cuando el uno estudiaba ciencia política y el otro comunicación social. Se enamoraron, porque Robledo lo descubrió en la cafetería central y no le habló: se limitó a maravillarse en silencio, a sufrir como todas las veces que se enamoraba. Lo reencontró en los camerinos, y fue como que no se veían. En las duchas le hizo un saludo casual. Lo esperó afuera. Salió, lo perdió, esperó, lo vio de nuevo. Cada uno se sentó a un lado de la plazoleta, y seguía siendo como que no se veían. Esteban Robledo se levantó sin saber si abordarlo o largarse y optó por lo segundo; pero recorridos cien metros se sentó a mirarlo. Luego Nicolás Antela se fue y Esteban Robledo lo perdió, y al rato lo vio una vez más: lejos. Lo perdió de vista. Y luego deambuló por toda la universidad, pensando que sus historias de amor siempre saltaban de un buen encuentro a un abandono doloroso sin pasar por un desarrollo feliz. Le dedicó un poema de Jacques Prévert que terminaba así: Que nunca más volarás/ Dejando un árbol por otro/ Como esos pájaros[1].

Nicolás Antela, por supuesto, había notado que Esteban Robledo estaba detrás suyo por toda la universidad. Esperó a que reapareciera en la cafetería central. En cuanto lo vio acercarse, caminó a su encuentro y lo mató de sorpresa.

—Ya que al parecer vas a perseguirme el día entero —lo enfrentó—, por lo menos acompáñame a tomar un café.

Esteban Robledo se paralizó.

—Ven —insistió Nicolás Antela—. Te invito.

Compraron el café sin hablar. Lo bebieron a sorbos; Robledo temblaba. Y se largó en un torrente de palabras como el cielo de Bogotá en lluvias: en exceso, de repente.

—No entremos a clase —propuso, dieciocho declaraciones más tarde.

—¿Hasta cuándo?

—Nunca más entremos a clase. Quedémonos afuera toda la vida; juntos, vos y yo.

No fue eso lo que hicieron, desde luego. Que dos hombres, por mucho amor que los incendie, no tienen tanto fuego en el alma como para llevar a la práctica lo que sus corazones desaforados proponen. Todas las pasiones se enfrían y alguna vez degeneran en tedio. Ambos entraron, no a esa, pero sí a la siguiente clase y a muchas más, porque ambos, por encima del amor, eran hombres destinados a convertirse en profesionales de éxito y cultivadores en orden progresivo de abdomen, canas, flacidez, abulia, alopecia, apolillamiento en el alma.

—Yo nunca persigo a nadie —declaró al final Esteban Robledo, con el viso más coqueto de la voz—. Usted es la excepción —y guiñando con torpe encanto el ojo izquierdo, forzó el tono hasta una súplica con dignidad—. Llámeme.

Ese fue el detalle que prendió a Nicolás Antela. Se le ocurrió una pregunta juguetona:

—¿A quién traicionarías por amor[2]?

Era un juego diseñado para que Esteban Robledo pudiera desembarazarse de la declaración cursi que lo ahogaba desde el comienzo.

—A mí mismo —respondió, claro—. Lo he hecho siempre.

Y se solazó con el remolino de dolores que llevaba, por ubicarlo en algún rincón de su geografía, en el corazón.

Salieron de la universidad en la motocicleta de Esteban Robledo. Por allá lejos él se movió un poco hacia atrás para acomodarse y los muslos de Nicolás Antela se llenaron de sus nalgas y las venas de deseo. ¡Dios mío, se dijo con el viento frío palmoteándole el rostro: estoy babeando!

Dieron una vuelta sin sentido por la ciudad, hasta desembocar en el edificio donde vivía Esteban Robledo, ubicado a escasas cuadras de la universidad, frente a un parque donde se pecaba y se respiraba.

—Sigue —invitó Esteban Robledo—. Cocinaré mientras hablas.

Nicolás Antela esperó en la sala a que él se cambiara y luego lo siguió a la cocina. Su anfitrión se ocupaba de trastos e ingredientes y no hablaba. La situación lo obligó a ser quien emprendiera un diálogo.

—¿Qué estás cocinando?

—¿Qué deseas comer?

—Pues ya que me das a elegir, te diré.

Silencio. Esteban Robledo no apuró las siguientes palabras.

—Quiero un plato… En el que estás tú como ingrediente central.

Se rondaron durante varias semanas, sabiendo ambos que el deseo común era deponer las armas y entregarse al otro. Fue necesario forzar el episodio que recordaron el resto de sus vidas como el diálogo de los papelitos. Nicolás Antela ingresó en el auditorio en que Esteban Robledo asistía a una conferencia. Estaba a medio llenar y olía a mezcla de muchos perfumes con aire acondicionado. No le fue difícil encontrarlo, aislado en una fila de sillas, porque la suya era una loción de la que nunca supo el nombre ni los ingredientes pero que lo identificaba a él y a nadie más en la vida. Se sentó a su lado sin que él se percatara. No le habló; optó por sorprenderlo de una manera que estuvo seguro le resultaría grata. Desprendió una hoja de la libreta de apuntes que llevaba en el bolsillo y escribió: “Buenas tardes, señor paisa”. Puso la hoja en el regazo de Esteban. Sólo entonces él descubrió su presencia. Con una avalancha de rubor viniéndosele encima desde cada célula, feliz además, robó el papel, lo dobló y lo guardó en su bolsillo (ex profeso al lado del corazón[3]). Arrancó otra hoja y la encabezó devolviéndole el trozo de felicidad:

—Es bueno tropezar con gente como vos en el camino.

Nicolás Antela, travieso, acercó su boca al oído de Esteban. Susurró:

—Ah, bueno, por eso estoy aquí.

Esteban Robledo se sacudió por dentro hasta la última vértebra. Continuó con la mirada puesta en el conferencista y el alma derramada sobre Nicolás Antela. Tembló.

—La verdad —escribió—, me dan miedo las palabras que tengo para vos.

—¿Por qué? Si han de ser buenas, pasarán la puerta.

—¿De veras no sabés por qué, pistiche?[4]

Usó el respaldo de un listado de canciones amadas para continuar.

—Lo que pasa —dijo con una caligrafía de letras despegadas y grandes que hacían el evidente esfuerzo de resultar legibles— es que si yo permito que alguna de mis palabras más difíciles salga, ya no voy a ser capaz de contenerme. No sé si entendés la situación.

Nicolás Antela no respondió. No lo miró. Esteban Robledo estaba dispuesto a impedir que su máquina de los amores continuara naufragando. Apuró:

—Me fascina esa cosa ambigua que manejás con las palabras. Pero a veces me gustaría sentarte en el fondo de un salón oscuro y vacío, apabullarte con un reflector que te ciegue y preguntarte, en nombre de mi tranquilidad y de la Virgen Santísima, qué buscás.

—No sabría qué decir. Las palabras se perdieron en mi mente… Tal vez se fueron detrás de una mariposa. A lo mejor eso ha sucedido.

—Si es eso, tomaré ya mismo mi red y me iré a capturar cuantas mariposas estén volando por ahí. Quizá logre capturar las suficientes para armar mi propio diccionario.

—Lo que no comprendo es porqué las siento revolotear en mi garganta. Torpemente chocan y no encuentran salida.

—En tal caso el asunto será mucho más sencillo y divertido, pues bastará con sellar tu garganta con un beso y… Hazme un obsequio.

—¿Qué obsequio? No tengo pendientes ni pañuelos encajados.

—Dime con las palabras exactas, sin ambigüedades encantadoras, que puedo mirarte mucho a los ojos, abrazarte despacio y besarte hasta que me muera.

Nicolás Antela acercó de nuevo su boca al oído de Esteban. Lo quemó con su palabra y con su aliento:

—Sí.

Y escribió en el papel:

—Lo que no quiero es que en algún momento el beso se torne amargo.

—¿Y por qué tendría que tornarse amargo?

—No sé, puede pasar —escribió. Y terminó con su voz—. Ahora debo irme. Son muchas cosas que se deben hablar.

—Nicolás.

—Dime… Esteban.

—Nada. Es que me gusta pronunciar tu nombre.

—¿Me podrías llamar hoy?

—Te llamaré, Nicolás.

—Bien —escribió Nicolás Antela. Y con la voz:—. He de escucharte esta noche —y de nuevo en el papel:—. Dime sólo adiós. O, mejor, hasta pronto.

—Hasta pronto, pistiche. Aquí va el beso que después no seré capaz de mandarte por teléfono. ¿Sabés una cosa?

—Dime.

—¿No te burlás ni me cogés miedo?

—Dime.

—Yo creo que… a ratos… (no me atrevo a decir que más)… estoy un poco muy… No, nada. Lo que pasa es que yo a ratos estoy un poco muy enamorado de vos.

Otro silencio. De voces y de letras. Que fue roto por quien debía serlo.

—¿Por qué habría de cogerte miedo o burlarme de ti?

—Porque la gente que se enamora de uno, a veces produce miedo o ganas de reírse. O de irse.

—Reírse: irse dos veces, con una risa en la vida. Hay que tomar algunos tragos.

—Hay que tomar algunos tragos, pistiche. Ahora vete. Pero llega a tiempo para recibir mi llamada.



[1] (cita 3 en el texto )“La desesperación está sentada en un banco”, poema incluido en el volumen titulado Palabras. Prévert es en el siglo veinte el poeta que de manera menos meliflua y más cierta escribe himnos al amor. Quizá porque está maldito y enamorado, y se va a suicidar. Para el caso de que la traducción no sea del todo satisfactoria, he aquí los versos originales: Que jamais plus vous ne vous envolerez/ Quittant un arbre pour un autre/ Comme ces oiseaux.

[2](cita 4 en el texto )Amor. Pequeña loca cosa que se instala en el corazón de los hombres y produce peligrosos desafueros. También a las mujeres les ocurre en veces, pero no viene al caso. Ni unos ni otras logran entender jamás los efectos; en cuanto a las causas, son identificables siempre pero el individuo portador no tendrá voluntad de eliminarlas (aquí, parte de la problemática personal que el asunto conlleva). Sólo cuando la entidad causante de la infección es un individuo del mismo género, las consecuencias tienen el potencial de alterar el curso del mundo, aunque en tales eventos la infección suele ser bastante pasajera y por esta razón en muy escasas oportunidades hay la tal alteración. Eventualmente la infección salta al cerebro y entonces el fenómeno se torna de veras delicado, pues, como si de un virus informático se tratara, los sistemas del organismo entran por su causa en una situación de descontrol que, de no eliminarse a tiempo la causa —por el único procedimiento factible del olvido—, llevará al individuo portador a un colapso generalizado del que finalmente su capacidad de razonamiento saldrá por completo trastocada. El individuo perderá en tal estadio el control de sí mismo y, en una suerte de trágica paradoja, gozará levantándose en su propia contra. Quizás el satírico español Francisco de Quevedo y Villegas (Madrid, 1580-Villanueva de los Infantes, 1645) haya logrado la comprensión del asunto, según se desprende de la estrofa final de su célebre Soneto 126: Creer que un cielo en un infierno cabe,/ dar la vida y el alma a un desengaño;/ esto es amor: quien lo probó lo sabe. Un contemporáneo de Quevedo, el ex clérigo neogranadino Juan Rodríguez Freyle (Santafé de Bogotá, 1566-1639?), apuntó a la sazón en su compendio de habladurías conocido como El carnero: “El amor es un fuego escondido, una agradable llaga, un sabroso veneno, una dulce amargura, una deleitable dolencia, un alegre tormento, una gustosa y fiera herida y una blanda muerte. El amor, guiado por torpe y sensual apetito, guía al hombre a desdichado fin”. Entre tanto, dada la infortuna de los científicos para ocuparse del fenómeno, otro ente peninsular, éste la Real Academia de la Lengua, ofrece un acercamiento desde la lexicografía con alguna posibilidad de resultar útil; es de notable lucidez la primera de las catorce acepciones que del término recoge en su importante diccionario: “Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser” (vigésima segunda edición, preparada en conjunto con sus correspondientes de América y Filipinas). La cuarta acepción lo relaciona con la unión sexual y alguna otra con el mismo apetito, pero en los animales. También dichas formas revisten algún interés para el propósito de esta novela, pues con frecuencia los enfermos son atormentados por la idea de que la afección ha comprometido sus partes genitales (diferentes ramas de la medicina y los estudios espirituales, incluyendo la anticiencia del sicoanálisis, han comprobado, no obstante, que esta idea carece de sentido y que los efectos del así llamado amor en el sistema genital son en realidad causados por sofocaciones hormonales propias del devenir orgánico). //hacer el-: permítasenos anticipar la definición del dramaturgo borealiano David Estévez (Sucumbíos, 1957-Medellín, 2000), quien años antes de rodar hacia la disolución final, primero de su cuerpo y luego de su alma, el día 12.005 de su existencia se refirió al asunto: “Según el lenguaje de la mariconería mundial, es cuando uno penetra, se come, al otro por detrás. En esta medida es uno solo el que hace el amor y al otro se lo hacen (…) En mi concepto el asunto es más cursi y encantador. Hacer el amor consiste en estar con alguien, encontrarse las dos almas y los dos cuerpos, que te permita decirle de todas las maneras cuánto lo amas y te diga, aunque sea en silencio y aunque sea por ese rato, que te ama mucho”. El mismo personaje, como tendrán oportunidad de verificar los lectores atentos, descubrió que el amor es el tema más importante de la humanidad.

[3] (cita 5 en el texto )Pues a pesar de que los recientes trasplantes de cerebro han dado pie para corroborar la idea de que es dicho músculo el que —no controla, pero— se ocupa de asuntos como el amor, es el corazón al que el romanticismo de todas las épocas consolidó como el órgano en que reside la virtud humana de amar. Mantendremos, así, su estatus de símbolo de todo lo relacionado con tal virtud.

[4] (cita 6 en el texto )Para no enlodarse en la frialdad de sus nombres ni apenarse con los apodos ridículos de los enamorados, aunque aún no se declaraban como tales, habían optado por nominarse uno a otro con los apelativos de sus regiones de origen. Pero existía en ello un humorístico desbalance, ya que mientras los paisas eran celebrados como la nación más brava y sagaz de Colombia, los pistiches eran aquella a costa de la cual más gracejos se hacían en Borealia.

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2 Respuestas a “ARTES Y OFICIOS ………………………………………………………………………… Terminamos siendo Mártires del Deseo…nos enrostra en su novela el escritor Cesar Alzate Vargas

  1. Sixpencenotthewiser

    Y te menciona, con nombre y apellido en la dedicatoria, no, Manuel? (Porque siempre vas a ser Manuel, el Manuel que me tomo fotos en el bloque de economia en la UdeA y me decia que estaba ‘lindo’). Pues espero que escriba tu historia ahora, porque vale la pena leerla. Y leerte.
    Y fijate, despues de tanto tiempo (mas de tres mil dias y miles de kilometros de distancia) todavia te leo. Y te pienso.
    Un abrazote.

  2. Bueno.. una vez más nos llega al corazón todas las emociones y sentimientos que transmite esta obra y que, de alguna manera, están siempre ligadas al sentir cotidiano del amor homosexual.

    Al igual que en “la ciudad de todos los adioses” los lectores nos vemos inmergidos en una atmósfera un tanto autobiográfica y cargada de sentimentalismo. Una muestra indudable del gran talento de nuestro querido César.

    Sólo me queda darle una felicitación más por esta nueva obra de parte de este “Román” humanizado que lo quiere y lo aprecia mucho…

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