Maricadas que uno piensa ……………………………………………………………………. Las voces de “los mayores”…Discursos y gestualidades que validan y promueven las fobias y los asesinatos por odio en Colombia.

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A propósito del no patrocinio oficial a espectáculos en que se torture animales en Medellín y otros asuntos de coyuntura.

Una de las muchas escenas de mi barrio popular en aquel entonces en que éramos niños, tenía que ver con la persecución de ratas en los basureros o en las calles. No era sólo matarlas a piedra o palo. Cuando no nos obligaban a cambiarnos los zapatos luego de la jornada escolar, también se les propinaban a estos roedores sendas patadas que los hacían volar por los aires.
Eran nuestras enemigas naturales, de eso habíamos aprendido por voz de los mayores. Nos robaban la comida –escasa por cierto en las zonas altas de la ciudad–, dañaban nuestras no muchas pertenencias y sobre todo ponían en peligro la integridad física. Su aparición o la sola sensación de presencia generaba el terror que justificaba el salvajismo de los menores y los gritos y risas de estímulo de los adultos alentando el ritual de exterminarlas.
Luego vi a muchos de mis amigos de infancia hacerse malhechores juveniles y, algunos pocos que sobrevivieron, hombres delincuentes. Con la misma frialdad con que aprendieron a masacrar ratas, y lo más grave aun, con el mismo imaginario, torturaron y mataron perros callejeros, y más adelante personas desvalidas, indigentes, vecinos con tonos de piel y culturas diferentes, mujeres señaladas como prostitutas y, por supuesto, algunos tipos de maricas.
Estos recuerdos se vivenciaron de nuevo en mi cabeza durante la mañana del domingo mientras leía “Hijos de la tormenta”, la columna de esta semana de Juan José Hoyos. Me revivió la indignación contra quienes hacen de la muerte un circo y lo justifican como una acción lógica de nuestras dinámicas culturales o de la guerra. La muerte, incluso la muerte de un bandido, es un acto privado. El más privado de todos los actos de la vida, dice el maestro Hoyos, pero sobre todo critica que sean los medios de comunicación quienes validen estos principios en contra de la vida.
La voz de los mayores, en este caso los medios, el equipo de gobierno y los representantes de la seguridad del Estado, igual que los adultos del barrio frente a la eliminación de ratas, te incita al exterminio. No solo se reían maliciosamente y con beneplácito al lado de las imágenes de los cadáveres, sino que alentaban, no el combate, sino la muerte y la masacre, de nuevo la barbarie. Maten, mutilen y luego vengan por su recompensa. Crímenes por odio, se llama a este procedimiento. Y es que frente al temor de ser atacado por el otro o lo otro, o para ganar el reconocimiento de entidades superiores, el individuo se siente autorizado por sus aprendizajes culturales a desaparecerlo y a exterminarlo, seguro de que la sociedad le agradecerá por ello. Los está librando de un mal.
El problema es que esos enemigos señalados por generar terror van cambiando en el tiempo. En algún momento cuando comenzó esta barbarie en Colombia fueron los liberales o los conservadores, luego los comunistas, sindicalistas, líderes sociales, opositores, y ahora guerrilleros. Nada improbable que mañana los enemigos del establecimiento podamos ser, aunque soterradamente ya lo somos, los terroristas de la moral y las buenas costumbres –en palabras de Bush ya se adivina cuando se refiere al tema LGBT–, cuando a quien se deba exterminar no sean ya combatientes en la selva sino quienes nos atrevemos a validar y tratar de ser felices siendo autónomos sobre nuestro cuerpo y nuestra sexualidad.
Ya está pasando, solo que la recompensa no es multimillonaria en dólares, aunque sí en palabras: ah, es que eso les pasa por no saber con quién se meten, por andar a toda hora buscando placer… El asesino no solo sabe que jamás lo buscarán ni procesarán legalmente por ello, sino que de alguna manera en la voz de los mayores la sociedad se lo está agradeciendo. Continuará buscando otra víctima. Para él los y las maricas asesinados son simples cadáveres, con denominaciones equiparables a las de guerrillero en su guarida, toro después de la faena, o ratas del basurero, como en el barrio popular.
El otro problema consecuente es que poco a poco dejamos de creerles a esas voces mayores. ¿O cómo no poner en duda la doble moral de unos padres y vecinos que se vanaglorian porque el menor torturó a un animal? ¿Cómo no generarme la duda de si son terroristas o no quienes me muestran a una mujer moribunda y encadenada en medio de la selva? ¿Cómo no dudar si el gobierno de turno es el ala política de los paramilitares, cuando ministros y representantes de las fuerzas armadas se ríen con beneplácito ante las cámaras mostrando los cadáveres mutilados de sus enemigos e invitan con fervor a las masacres contra éstos? Las mismas atrocidades que les estamos escuchando en sus confesiones a los paras.
Uno no aprende a matar enemigos, uno aprende a matar. Quienes lo han hecho, narran que le pierden el miedo a la muerte y el respeto a la vida. Por eso nada raro que los asesinos de maricas que vieron y escucharon a través de los medios al ministro Santos y sus generales, se sientan respaldados por estos mayores en su afán de desaparecer, ojalá con tortura, como en la Santa Inquisición, todo aquello que nos represente peligro o que simplemente no nos deje vivir en paz dentro de la cultura. Y envalentonados, como el guerrillero que mutiló el cadáver de su jefe, estén esta noche en uno de los tantos sitios de rumba gay o en las proximidades del barrio, esperando a su siguiente víctima para ensañarse con ella y entregar mañana primicias de sangre y moralidad a nuestros medios de comunicación social.
Y todo seguirá como si nada. Luego de la masacre de ratas en el barrio, todos los niños éramos lavados en nuestras culpas y nuestros cuerpos con agua tibia para irnos a la cama. No existía aún la ley de crueldad, justicia y reparación. Ángel de mi guarda, mi dulce compañía… eran los últimos susurros del día y la seguridad de que la palabra de Dios también nos acompañaría en el pasmoso camino de menospreciar e irrespetar a la vida.

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