¿Al son que me toquen bailo?…La música como otra manera de la comunicación para sembrar o perpetuar ideologías.

A propósito del patriotismo musical que pretende el gobierno para el 20 de julio.

Si algo nos marca identidades para la vida es la música. Raperos, rockeros, metaleros, punkeros, reguetoneros, tangueros y salseros son algunas de estas identidades que trascienden lo musical hacia la vestimenta y las actitudes. Vivencias inscritas para siempre en nuestra piel. ¿A quién no, uno de esos acordes le trae a la memoria el amor o desamor perdido en el tiempo y la distancia? ¿Y los estilos y pintas que le circundaban?
Además de estas melodías de época, también nos dejan marcas indelebles algunas piezas sonoras del folclor, de las que usualmente renegamos en la adolescencia, pero que permanece ahí como una representación permanente de identidad. Porros, cumbias, fandangos, vallenatos tradicionales, currulaos, bambucos y pasillos y algunas guascas o de carrilera, aunque no sean de nuestra predilección, siguen representando en sus tonos, a esos amores o desamores por nuestro terruño.

Acompañando rituales, muchas de las manifestaciones sonoras del folclor se van convirtiendo en tradición que permanece, que genera apegos y conductas. Un niño hoy, igual que en otras épocas, se llena de alegría y corre en el sentido de los acordes de platillos, liras y tambores de la banda marcial. Y el arranque de las fiestas del barrio, como las de pueblo, debe contar con los destemplados instrumentos de viento de las bandas tradicionales.
Evidentemente, cada acorde nos representa una vivencia lejana, un sello indeleble, una manera de lo que somos o fuimos. Para gays, lesbianas y trans, por ejemplo, compositores, géneros y tendencias nos han marcado momentos de búsqueda de libertades. Espacios de avance o retroceso hacia la igualdad en nuestros derechos. Inicialmente, el sufrimiento solitario, tímido, escondido y temerario de la época de Juan Gabriel, la Durcal o Helenita Vargas. Posteriormente la exhibición del cuerpo y el grito libertario desde Alaska y Dinarama o de La Carrá:a quien le importa”. Luego, una estética particular revolucionaria y de confrontación con Bananarama o Madonna. Para avanzar hacia la búsqueda, además, de sentimientos propios que evidenciaran nuestra afectividad amatoria y frente a la sociedad, en La Oreja de Van Gogh y en divas más cercanas en el tiempo como Mónica Naranjo, Cristina Aguilera, Thalia, Shakira, o Verónica Orozco, entre otras. Y finalmente caer, no juzgo si para bien o para mal, en la individualidad egoísta, ególatra y genital, implícita en los ritmos trance y sus derivados discotequeros.

A través de la música la cultura nos ha puesto a amar territorios y personas, a soñar con mundos mejores, a creer en dioses, o por el contrario, a maltratar a los diferentes y a subvalorar a las mujeres. Nos venden vía sones y rítmicos textos, además de ropa y accesorios, estilos de vida segregacionistas y lineamientos políticos o religiosos que no siempre le aportan a la convivencia y que en muchos casos, propenden por odios, maltratos, desprecios, y marginaciones hacia personas o sectores específicos.
Desde el mercado ideológico o de productos se nos pretende poner en un línea especifica frente a la vida, o a validar una manera única de ver el mundo, la suya. En el caso del Sector LGBT, es muy evidente, la idea universal del ser gay esta determinada por esa individualidad ególatra, escondida en nombramientos como: “Tener gusto”, que no es otra cosa que seguirle el ritmo a la moda. Y en el mismo sentido, ser “culto”, “arribista”, “discreto” e “independiente”, además de “bien parecido”, por supuesto. Escenarios desde donde la construcción y las apuestas colectivas, que en teoría celebramos cada 28 de junio, adquieren más una dimensión de mercado y de lucimiento particular, que de movimiento social en torno a derechos humanos. La música trance que acompaña las bulliciosas y coloridas carrozas, nos ensimisma en la cadencia y atractivo del cuerpo propio o del otro, pero poco o nada en la dignificación como personas. La culpa por supuesto no es del ritmo en sí, sino de quienes orientan políticamente o a la luz del consumo, tales movilizaciones.
Pero esto de conducir a través de letras rítmicas y sones no solo se aplica para el sector LGBT, es una constante en la cultura. Basta escuchar las canciones que orientan irreversiblemente, que son la mayoría, hacia la heteronormatividad, donde la mujer sigue siendo la generadora de pecado, de tentaciones mal sanas, de maldad, de dolor, o finalmente la criadora de hijos. Y en ese imaginario son nombradas “mujeres divinas” y los hombres entre muchas otras cosas “machos arrasadores”: Soy un hombre soltero, no tengo compromiso, para irme pa´ la calle a nadie pido permiso. Tengo un corazón grande muy fiel y muy leal, puedo querer a muchas y a todas por igual.

También a través de la música, en nuestro país se han marcado los territorios durante los dominios cíclicos de guerrillas, narcos y hoy de paramilitares. Menciones entre canciones o saludos a los caciques, patrones o comandantes. O estos como patrocinadores de nuestros músicos tradicionales. Uribe, por ejemplo, experto en maniobras políticas e ideológicas, celebrará el 20 de julio, día de la patria, con un concierto del que participaran Totó, Cabas, Andrea Echeverri, Cepeda, el maestro Velosa y Carlos Vives, esos que precisamente hoy desde su música le mueven la piel y los sentidos a gran cantidad de gentes. Nada raro que de acá en adelante, al escuchar a nuestros músicos, igual que a las locas se nos revuelcan las bajas pasiones con el trance, terminemos colombianos y colombianas por generar enamoramientos con sentido patriótico hacia el presidente con miras a su tercera reelección. ¿La música nos embelezará el criterio y terminaremos por asumir que a en Colombia, marica y heterosexual, al son que me toquen bailo?, es decir que, además de Uribistas terminaremos, al compás del presidente, con actitudes, manías, y ritmo de Uriberos en honor a la patria.


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