Nuevas masculinidades…Medellín, de ciudad de machos a ciudad de muchos

A propósito de los panfletos que pretenden desestabilizar a la ciudad.

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Las dos manos empuñadas a la altura de la cara. Con una ataca y con la otra, como barrera, se cubre de los golpes. ¡Ah!, y si están armados, en una mano el cuchillo y en la otra la defensa, la camiseta enrollada, una chaqueta, una ruana, un palo, o cualquier cosa que amortigüe los latazos...

 A grandes rasgos, estos fueron las enseñanzas que desde muy pequeño recibí de mis hermanos. Un grupo amplio de bravucones de barrio a quienes todos en la zona, de tradición la más violenta de Medellín, temían y respetaban no solo por el número, soy el menor de 15 hombres, sino por lo que ellos denominaban hombría.
Menos mal nunca aprendí a ser hombre con su modelo, aunque de ellos tengo otras muy bellas enseñanzas para afrontar con barraquera la vida, incluso desde mi condición de homosexual. La forma de ser valiente, la aprendí de Ofelia, mi madre y la única mujer de la gallada familiar. Me enseñó que a los enemigos como a los perros se les debe tener respeto y cuidarse de ellos, pero nunca demostrarles el miedo:  Pase mirando de reojo y alerta por si algo –decía-, pero nunca les frene en seco y ni les de la oportunidad de sentirse agredido. Esa además de otras enseñanzas simples, me las transmitía en las tardes de ocio, después de la siesta. También ahí, me enseñó que los hombres si lloramos, pero que por orgullo de machos, lo hacemos en silencio y en la intimidad.
Fui encausando esa valentía entonces y con una cierta malicia indígena hacia enfrentar, nunca a confrontar. Porque sentirme agredido, pensaba, por ser nombrado marica así fuera a grito publico, si yo era un marica, mas bien era buscar la oportunidad de mostrarles en otros escenarios que lo que ellos tenían como marica en la cabeza, poco o nada, mas que mi orientación sexual, tenia que ver con mi realidad. Su seudo enemistad, en últimas, en realidad no era más que una intolerancia cultural heredada, desde la que, como machos, estaban defendiendo su territorio y su poder.
A los grupos de machitos bravos siempre me los tope en las esquinas del barrio, incluso hoy quedan algunos, los mataban pero parecían retoñar en otros. Sentía sus energías amenazantes cuando cruzaba de largo o sus expresiones de rechazo para conmigo, la loca del barrio, pero como nunca encontraron respuesta, mi vida seguía intacta mientras a ellos en su gran mayoría, los vea desfilar en pocos días y con sus vidas aun por descubrir, hacia la cárcel o el cementerio, a pudrirse igualmente en ambos espacios.
Esa de cultura de ser machos arrasadores sin mas sentido que el de sentirse hombres y que algunos, ya muy pocos, aún pretenden mantener, terminó por cercanos las libertades en Medellín. Ya no podíamos pasar entre barrios, a veces ni entre calles, porque no se quien había determinado que éramos enemigos.  Establecían categorías para permitir la vía y la vida, en las que desafortunadamente siempre, de rebote, me sentía incluido por ser marica, una palabra con una alta carga cultural en su contra: maricas y viejas chismosas, maricas y putas, maricas y degenerados, maricas y transmisores de infecciones sexuales, maricas y no machos, maricas e inmorales, entre muchas otras. Pero aún así la clave de valentía aprendida de Ofelia y una que otra privación de paseos por la vecindad, me permitieron llegar vivo a donde estoy.
Hoy, con menos bravucones que en esas épocas de mi infancia y adolescencia, he podido recuperar los linderos y redescubrir los barrios viejos y los muchos nuevos. Incluso encontrarme en la mirada y los rasgos faciales de muchos jóvenes, el rastro de esos que se negaron a la vida por ser machos. Muchachos y muchachas alegres, amigueros, vestidos de colores y cargados de entusiasmo, abriendo como los ancestros de la paisada, nuevos caminos que nos marcan nuevos mundos. Y entonces pienso, a pesar de la persistencia de unos pocos que insisten en mantener regimenes de muerte, soledad y silencio en la ciudad, que valió la pena haber cuidado la vida todos estos años, a consta de mostrarme en teoría cobarde frente a los puños y los fierros, para poder disfrutar de la maravilla de una ciudad donde cada ves le estamos apostando más a que los machos sean menos y la vida y las libertades mas significativas y para muchos.
Los maricas somos nosotros, dice uno de mis hermanos ex bravucón en medio de risas y de tragos,  la única manera en que aprendió a expresar sus afectos, mientras alza una copa de aguardiente a manera de brindis en la acera contigua, donde departe con su esposa e hijos.
Muy cerca, en la misma acera, nosotros, familia de hombres homosexuales, disfrutamos de unos vinos en la tranquilidad de nuestro apartamento.
En la calle los jóvenes, hombres y mujeres, acicalados se saludan con afecto y se dicen marica, a manera de saludo de parceros, mientras se reúnen para irse de rumba. Es sábado a las 10, la noche apenas comienza en una Medellín que sueña seguir despierta para la vida. Medellín, marzo de 2009

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