Érase una vez una loca……………………………….. Los afectos cómplices de la inmortalidad

A propósito del gran regalo de la vida, mis amigos, muy pocos pero siempre ahí.
Entre estos Cesar Alzate que acaba de publicar su tercer libro.

Foto durane la presentación del Proyecto de Aula de nuestros alumnos de Comunicación del Oriente Antioqueño

Montaje con las portadas del libro y una foto que nos tomaron recientemente durante la presentación del Proyecto de Aula de nuestros alumnos de Comunicación del Oriente Antioqueño

Yo solo sé que el pasado es el territorio de los vivos.
Por eso nos duele tanto: porque ahora ellos no están,
el presente es el territorio de los muertos.
Cesar Alzate Vargas.

El coronel de Gabriel García Márquez agotó su vida a la espera de una simple carta con dinero, que le permitiera seguir siendo hombre y digno. En cambio, un simple agente de policía de Pensilvania, Caldas, quien a lo mejor vivió sin ínfulas de gloria, más allá de la que nos genera el placer de amar y ser amado, publica hoy, 36 años después de fallecido, a través de su hijo, los escritos dedicados a su mujer amada. Este agente sí tuvo quien le escriba y quien lo devuelva a la existencia. Una prueba irrefutable de que la muerte es un asunto trágico, que ocurre solo cuando somos olvidados.
El agente a quien me refiero, no esta vez para evidenciar mi fetiche hacia los uniformados, que enuncio como la única posibilidad de que un marica pacifista, como yo, pueda violar la ley,  es el papá de mi amigo, el escritor César Alzate Vargas. Me lo presentó, por medio del texto Las huellas bajo las sombras del ayer. Una recopilación de relatos vivenciales, dejados como borrador en apuntes de una libreta y algunas hojas sueltas, y que su mamá le entregó en varios momentos de la vida. César le dio forma al texto y lo publicó en un libro de doble faz, como los de Cara y Cruz de Norma, complementándolo en su reverso, con una recopilación de sus notas periodísticas: Para agradar a las amigas de mamá. Periodismo, cine y otras futilidades.

Traigo a colación el libro de César Alzate, porque me reafirma esa intención que motivo en mis alumnos universitarios, al proponerles la implementación de  otro modelo de hacer noticia­: la comunicación ciudadana[1]. Que no es otra cosa que  trascender el dar cuenta de los sucesos del día a día como elementos neutrales y universales, hacia la construcción de piezas comunicativas que evidencien y dejen otros referentes históricos sobre nuestras vidas cotidianas. Documentos que permitan percibir nuestra vida, más allá de los referentes exclusivos de los medios comerciales, donde el héroe o personaje protagonista es el adinerado, el adonis o el fortachón.
Es el modelo, además, que he tratado de mantener durante 18 años, para el posicionamiento de nuevos referentes públicos hacia las diversidades sexuales. Un modelo donde no han bastado las definiciones, ni estadísticas para referirse a las personas LGBT, ni los  referentes universales sobre la denominada cultura gay, sino que ha podido mostrar a través de historias de vida, en mayor parte mi vida, el concepto de humanidad en nuestra población. La manera en que los hombres gays, las mujeres lesbianas y las personas bisexuales y trans, somos de acuerdo al territorio, tiempo y contextos concretos en los que nos tocó vivir, no simplemente en razón de la orientación sexual, los roles de género o la apropiación del cuerpo, sino que se es parte y producto de los procesos vitales que nos circundan: uno se para en la vida de acuerdo a su historia.
En el agente Alzate, por ejemplo, nos acercamos a una realidad más allá de las historias trágicas, también reales por supuesto, de una guerra interminable en Colombia, hacia un universo particular desde el amor, en la piel de un policía de pueblo, que se enamora de una joven, la conquista, la hace su compañera para la vida. César logra transportar una historia doméstica de sus padres al lenguaje universal de la literatura, donde éstos ya no son solo sus cercanos, sino la historia de referencia cultural de un espacio-tiempo, para quienes leen el libro. No solo logra llevar lo personal a la memoria colectiva de nuestra cultura, sino que además le devuelve la vida a su padre, lo saca del anonimato de las anécdotas de familia, al tiempo que le refresca la piel y los sentidos a través del amor juvenil, a Estela, su madre, y en ella a toda una generación de las mujeres paisas de pueblo que un día se enamoraron, y de las que aún hoy se siguen enamorando, del policía de turno.
Los personajes de Alzate Vargas, y yo como uno de ellos, gracias a la inclusión en su selección de escritos de un reportaje que me hiciera, cuando apenas comenzábamos a afianzar nuestra amistad: “Al Concejo sin plumas ni pinzas”[2] permaneceremos vivos gracias a su libro, en la memoria histórica de nuestra cultura. Ya Gabo en sus cien años de soledad había inmortalizado a su amigo Escalona y muchos otros escritores hicieron lo propio con sus cercanos. Yo solo puedo agradecerle a la vida por los grandes amigos que me han soportado y acompañado y que como en este caso, cuentan y contarán por causa de sus afectos, que hubo una vez una loca de barrio denominada el ciudadano gay de Medellín.  


[1] También denominada en otros contextos políticos como Comunicación Popular.

[2] Diario de Colombia. Armenia. Agosto 5 de 1997. Cuando fui el primer candidato abiertamente homosexual al Concejo de Medellín.

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Una respuesta a “Érase una vez una loca……………………………….. Los afectos cómplices de la inmortalidad

  1. confieso que me he reído bastante con el comentario sobre violar la ley… no he leído el libro del señor Alzate , a partir de ahora lo buscaré, … me atrae mucho la sugerencia de cambio de método a la hora de dar cuenta de la historia, me parece que la riqueza de evidencias históricas que posee la cotidianidad la presenta como de abordaje obligatorio, en lo cotidiano se dejan ver los tejidos comunicativos, las expresiones estéticas, etc que conforman la realidad que sin ser ni comunicador social , ni periodista entiendo como el objeto de la noticia.

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