¡Maniquebrado! Tal vez, pero de la “Derecha” Reconocerme diverso implica por convicción ir en contravía de cualquier conservadurismo, dogma o régimen inflexible o militar.

A propósito de falsos liberalismos y seudo izquierdas

Mis primeros acercamientos a la izquierda, la rebeldia y la insurgencia, fueron pasionales, genitales, no desde la razón.

¡Cuidado! Persignarse con la izquierda, es del diablo.

El grito de mi madre bloqueo a cabalidad mi cuerpo y mente. Acto seguido, un envión rápido de su mano retiró con fuerza los dedos con los que iniciaba la señal de la cruz en mi frente. No alcancé siquiera a reaccionar, pero una cosa me quedó clara. Por primea vez en la vida estaba experimentando las consecuencias de una acción contra el establecimiento y a la fuerza bruta, como la manera más efectiva de desmantelarla. Años después y luego de analizarlo desde mi participación social, política y partidista,  caigo en la cuenta de los dolores de cabeza que trató de evitarme.

Salirse de la línea recta, “straight”, así sea por amague, en contra de las rígidos mandatos y normas que propone la cultura del “deber ser”, del “orden”, es signarse automáticamente como oscuro, extraño e incluso como peligroso, antisocial y delincuente. Regla que se cumplen al pie de la letra y por igual, tanto para los grupos ultraconservadores como para los de la izquierda radical. Por esta razón, al nombrarme como de pensamiento zurdo, no faltan quienes me ponen en entredicho. Me tildan de aguas tibias por no aceptar, sin que medie razón alguna, los manifiestos y tesis de principios, aplicables según ellos a todos los momentos y a todas las circunstancias.

Tengo que admitir, como buen marica, que mis primeros acercamientos a la izquierda, la rebeldía y por qué no, a la insurgencia, fueron más emocionales, pasionales e incluso genitales, que desde la razón. Por esos días de adolescencia en que los medios de comunicación me mostraban las acciones de una guerrilla clase media, impecable, pero sobre todo inteligente antes que sectaria, sangrienta y militar, el M-19, mis auto placeres tenían como referente a Jaime Bateman Cayón en su discurso pausado y pensado y posteriormente a Pizarro con su mirada firme y directa. Me hacían enamorar de ser político y revolucionario. Sentía en la distancia, no me importa si estuve equivocado, que hombres como esos, podrían entender mi ser revolucionario desde el asumirme públicamente marica: hoy nuestros fusiles se cubren de claveles, que representan el esfuerzo por la libertad de la patria, y no desde el tener que enfilarme y disparar un arma o utilizar mi palabra para arrasar con todo aquel que discrepe de mis principios.

En muy corto tiempo, pasé de lo pasional corporal al enamoramiento exclusivo por las propuestas y las ideas. Escuchar entre otros y en diferentes momentos, a Bernardo Jaramillo Osa, Carlos Gaviria Díaz y Jorge Robledo, me enrutaron para adentrarme en los rincones partidistas del Frente Social y Político con Lucho y posteriormente en los inicios del Polo con Tere Castro y su combo, para descubrir que esa idea de revolución libre, tenía muy poco o nada de cabida allí. Los maricas seguimos siendo militantes de segunda, a quienes se nos mira con recelo: “la homosexualidad es una perversión capitalista” y nuestras razones pasan a un segundo plano cuando de defender sus intereses y negocios políticos se trata (Aval con su voto, del hoy máximo vocero y candidato oficial a la Presidencia –Petro-, para la elección del Procurador Ordoñez. Luego, claro está, se les consuela, como mi madre, pasada la acción violenta,  sobándoles en privado la cabeza, nombrándoles en puestos públicos de poca o ninguna decisión, o porque no, mediante becas universitarias, para que no se diga que la izquierda ha dejado de ser letrada.

Soy de izquierda porque el solo hecho de asumirme marica y no querer acomodarme a los mandatos de la norma del macho heterosexual, va en contra de cualquier conservadurismo. Solo que, al parecer, me quebré una mano, tratando de encontrar un puesto en las colectividades de la  izquierda. Menos mal debió ser la derecha. Exigí que se me respetara mi condición revolucionaria de hombre homosexual y luché, a brazo partido, contra el establecimiento radical en su interior y no les gustó. Por eso, con la que me quedó, seguiré luchando por indicar que, ser de un lado, en perspectiva de diversidad, no implica desconocer de manera sectaria al otro, sino que la vida misma fluye y renace y se reconstruye en las diversidades. Y esa es la riqueza.

Mi voto, como mis pensamientos  y estilo de vida, seguirá apostándole a un sustento rebelde, revolucionario y hasta insurgente, pero desde la academia, el pensamiento altruista, los análisis políticos y sociales en que se piense a la diversidad en nuestro país y se proponga luchan por ella. No por partidos que obedecen jerarquías, sostienen heroicamente banderas, se inmolan a manera de mártires por estas y que, como mi mamá en la escena de persignarse, se aterrorizan ante la posibilidad de que algo o alguien les cuestionen sus normas y reglas radicales.

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