Lobas domesticadas como perras………………… Una actitud que contradice los logros en libertades individuales y ciudadanas avizorados en una nueva propuesta de matrimonio para Colombia

A propósito del debate por la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo

...la sacramentalización del matrimonio implica un vinculo directo entre la pareja y dios, con mediación de la iglesia, el amor entre los seres humanos es reducido al mínimo, casi toda la libido debe ser transferida al cielo. " F. Mires

 

¡Ole!, me saludo Oscar, la loca, con una voz chillona que hizo eco en el recinto y motivo que los asistentes nos miraran de reojo. Nos encontramos en la Iglesia del barrio Santander, San Juan Bautista Precursor, a donde yo había llegado a cumplir con un compromiso de familia de esos ineludibles. La primera comunión de uno de mis tantos y tantos sobrinos. La loca, también acompañaba a su hijo de 10 años al mismo ritual.

Cada año tengo que asistir a una ceremonia parecida en la misma iglesia construida hace 50 años. Nos unen lazos familiares con el sitio. Antes de ser erigido templo, allí llegó a vivir mi mamá con una docena de sus hijos, llegaríamos a ser 15, hombres. La hoy iglesia, según ella, era entonces una ramada, desde donde su esposo vigilaba el barrio, apenas en construcción, y mientras les entregaban la casa en propiedad. En los osarios están los restos de ella, la vieja Ofelia y de uno de sus hijos, Darío o “cannabis” como le decían. Se quedaron allí para siempre. Y tal vez sea la razón, para que la descendencia Bermúdez, mantenga sus rituales religiosos, año tras año, en el mismo sitio. En el mismo templo.

Claro está, que cada año  el número de sobrinos y sobrinas crece de manera exponencial. Hace rato deje de contarlos. Mis hermanos y sobrinos prolíferos, riegan vástagos a diestra y siniestra. Cuando escucho en la calle la palabra tío, mi cerebro trata de encontrar alguna línea de identidad en el rostro que me saluda. Este se parece a… ¿De quién será hijo? ¿Será reconocido o sin reconocer? Igual,  les termino ofreciendo, al menos, una sonrisa. A mí no me quita nada y a ellos, en cambio, les da la seguridad de reafirmar que son de nuestra descendencia. Asunto importante en una tribu como la nuestra, de tradición en el barrio popular. No tienen la culpa.

Pero volvamos a la loca gritona. A ella sí que le señalo toda la culpa. No por haber decidido engendrar, a pesar de su maricada extrema, un hijo, por el que además responde con toda el alma y las fuerzas, con responsabilidad, sino por meterse y de paso arrastrar a su hijo, a seguir esa pantomima de familia cristiana tradicional, donde los hijos tienen que comulgar, confirmarse, y no sé qué tantos otros sacramentos que le manda, como parte del ser padres, su santa madre iglesia.

En la gallada de locas de barrio, a la Oscar, la conocíamos como “la petri”, nombramiento que trascendió al grupo y se volvió popular en la zona, pero que muy pocos sabíamos que significaba “perra triple hijuep….” Era la tipa loba. No solo por la habilidad para engullir cuanto hombre se ponía en su camino, sino, además, por lo fiera, peleonera e irreverente. La teníamos casi como símbolo por no arrugarse ante nada y por atreverse a contradecir y contestar todo aquello que oliera a sumisión.

Por eso me sorprendió topármela allí. Quien me aullaba para saludarme en el templo, ya nada tenia de esa loba. En su lugar una perra faldera a quien la vida, al parecer había convencido de amansarse y en nombre de la fe, de domesticar por ahí derecho a su cachorro. Presenciar ese cuadro patético de familia recibiendo la comunión, me exaspero el espíritu revolucionario y contestatario, pero los aprendizajes de convivencia y de respeto por el otro, que he tenido que asimilar con los años, hicieron que calmadamente me alejara hacia un rincón donde no tuviera que mirarlos.

Sin embargo, no paro de darle vueltas en mi cabeza, a propósito del debate que sostenemos en este momento en el mundo y por supuesto en Colombia, sobre el matrimonio para las parejas del mismo sexo, si ese, es el tipo de familia por el que los diversos estamos luchando a brazo partido. ¿Así terminaremos? O, por el contrario, más allá de la ley, nos atreveremos a revisar y subvertir el modelo, en pro de la convivencia y de la vida. El matrimonio en la diversidad sexual, debe ser revolucionario, ir, si no en contra, si, como otra vía de libertades y de respetos, por fuera de la cristianización a que ha sido sometida la familia y el matrimonio tradicional.

Lo más probable es que la culpa de ser padre en la diversidad, lleve a algunos como a “La petri” a agachar la cabeza ante ese código tradicional de sometimientos y ordenanzas, de rituales de sumisión, que salven a sus hijos y sus almas, en cambio de una relación amorosa donde se les enseñe a quererse y querer al otro como ejercicio de convivencia y de ciudadanía. A los hombres medievales que instauraron el orden familiarista a fin de domesticar las pasiones, nunca se les ocurrió que el matrimonio, de donde tenía que surgir una familia, debería ser un lugar del amor. La función de la familia debería ser la socialización (cristianización) y basta[1]. Por eso una familia homosexual debería estar por fuera de todo modelo familiarista y cristianizador. Instaurar otras maneras del amor sin que medien los sometimientos ni las culpas frente al cuerpo y la sexualidad.

Nada más ridículo, entonces, que un marica sacramentando sus hijos. Haciéndole el juego al creced y multiplicaos en la fe ciega. Nuestro modelo de matrimonio, debe ser laico y por fuera del dominio de las palabras atribuidas a esos dioses.

El niño de “La petri” vestido de blanco, con su atuendo militar de marinero (hombría y santidad) me cuestiono como esa lucha por el respeto, que hemos trabajado arduamente las diversidades sexuales en Colombia, durante los recientes 20 años, está terminando, en el mayor de los casos, en estos circos de familias sometidas a la cristianización en la cultura, a la par, que en la objetualizacion de las feminidades, en contra vía a la lucha que hemos dado al lado de las feministas. Gastándonos, por ejemplo, los recursos logrados en los planes de desarrollo, en repetir patrones se alienación como reinados trans, sin ningún fondo de contenidos políticos, en cada barrio o localidad, o en fotografías de mujeres trans como remedos de reinas de belleza sin más fondo que su propio maquillaje y una sonrisa banal que esconden sus realidades de marginación en calle, prostitución y crímenes de odio. ¿Será que en eso terminara nuestra lucha por el empoderamiento de las diversidades sexuales? Y peor aún, Nuestra lucha por un matrimonio diverso en Colombia.


[1] Fernando Mires. El malestar en la barbarie:

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