La incertidumbre de transitar por los deseos……… Los nuevos retos de pensamiento y del lenguaje encaminados al respeto que nos plantean las diversidades de la vida

A propósito de las nuevas letras en el abecedario para nombrar a nuestro sector

"... Una es transgenerista porque sabe que el género es psíquico, que ese “ser mujer” que dice habitarla está en la cabeza". Lillith Natasha Border Line

 

–  ¿Cuál Fredy?, Marica…¡Vanesa!, ¡Va ne sa!

Me increpó una y otra vez, haciendo énfasis en su nombre, pero además con un gesto en el rostro que, inevitablemente, me hiso sentir culpable. Que digo, culpable: atrasado, bruto e intolerante.

Me le había acercado en la discoteca para pedirle que bailáramos, una disculpa que permitía saludarle después de un largo periodo sin vernos. Mientras nos dirigíamos al centro de la pista, me autocensuré. Como seguir refiriendo con nombre de hombre a semejante mujerota de uno con ochenta y punta de estatura, claro está sumándole los 13 o 14 centímetros adicionales de los tacones de aguja, tetas, copa por lo menos 105, que me dificultaron abrazarla para bailar y un culo de silicona que no bajaba, creo desde mi ignorancia, de 5 litros en cada nalga. Todo, claro está, en una distribución muy armónica.  Nada disonante ni, mucho menos, extravagante.

Pero en mi mente, maldita razón sin razón, seguía dando vueltas Fredy, la Fredy, un muchachito desgarbado y afeminado con el que había terminado en la cama una de tantas noches de amigos. ¡Lesbianas!, ¡areperas! nos gritaron a una voz los amigos gay de la noche. Haciendo caso omiso, La Fredy y yo avanzamos minuto a minuto en galanteos, seducciones y finalmente genitalidades, hasta el amanecer.  No fue amor, por supuesto. En cambio, un derroche de pasión sexual, que bien podría haberse repetido otras muchas veces.  Pero la Fredy, después de aquella aventura en mi cama, desapareció.

Entro, entonces, a formar parte de los tantos nombres difusos de amantes que se aglomeran en mi memoria, a lo largo de una vida de muchos amores y de muchos, muchos, muchos simples placeres. Esta fue una de las maneras, prototipos, con que la sociedad machista me enseñó a hacerme hombre marica.  No es un modelo que defienda a seguir, pero tampoco me arrepiento de haberlo transitado. A mi modo la he pasado muy bien. Siempre ha habido alguien a quien le guste está loca, a pesar del paso de los años, y de nunca haber cumplido con los estándares de belleza, banalidad ni amor por la rumba, que se ha determinado para lo gay.

Me enteré luego, que la desaparición de la Fredy, se debía a que había transmutado en Vanesa. La mujerota con quien hoy me zangoloteaba, ya sin erotismo, en vaivenes sobre la pista de baile.

Pero en mi historia, no fue solo La Fredy. También, La cristal, La Topacio, la José Luis, la Kimberly, y otros tantos amantes u objetos de mi deseo, en nuestra condición de pirobas[1]. Mis amigos me criticaron siempre que a diferencia de ellos, me gustaran por igual los prototipos de machos que las loquitas. Como respuesta siempre les he aducido que prefiero a mi lado una loca que me muestre su afecto sin tapujos, que un proto-macho, que se inhibe por los señalamientos sociales: esas afectividades en público y lo de llamarse mutuamente en público, amor, papí y otras más denominaciones de cariño, no son pa machos. Dicen.

Hoy, sin embargo, a ellos-ellas, les veo con otros ojos. Más de una amistad en el respeto y la admiración, incluso desde la estética, de sus cuerpos, vestidos y formas. Pero los deseos, los otros deseos que los llevaron a mi cama o a mis fantasías, desaparecieron. Quizá, en últimas, como la ratificación de mi condición de hombre homosexual, de hombre al que le atraen los hombres, aunque sean muy maricas.

Al bailar con la Vanesa, reconozco en ella, a un ser casi desconocido. Una nueva persona. Por momentos, tras la voluptuosidad de sus formas femeninas, nada atractivas a mi deseo, aparece la mirada tímida, el fantasma, del hombre niño con el que un día experimenté juegos de seducción y me confronto. Es como si en la historia de estas mujeres, ahora amigas, y en mi historia persistiera el fantasma de unos adolescentes por los que estuve fascinado. ¿Cómo nombrarles entonces? ¿Con el fantasma de mi deseo, quizá egoísta? Pedro, Darío, Jorge, Fredy, Samuel… O con su presencia física y mental,  que me reitera, incluso tras una voz a veces ronca, soy una mujer. A mi cerebro le da mucha dificultad asumirlas, si no en su condición física de mujeres, si en cambio en la manera de nombrarles.

¡Marica, tenéme paciencia!, es lo único que atino a pedirles, casi con clemencia, mientras la conversación transita hacia otras esferas de su vida que como amiga me interesan y que pueden distraer mi zozobra. ¿A qué te dedicas?, ¿de qué vivís?, ¿estás enamorada?, y otras tantas preguntas, de esas que uno le hace cotidianamente a quienes nos interesan.

Me he propuesto hacer todo un ejercicio de organización mental que me permita reconocer y respetar en la cotidianidad, los nombramientos como mujeres de mis amigas trans. Pero el asunto no ha sido fácil. Recientemente, por ejemplo, en una de las reuniones de trabajo político con el sector LGBTI de Medellín, la euforia del saludo, me jugo de nuevo una mala pasada, esta vez con Lillith Natasha, a quien también llegué a desear  algunas veces como hombre, aunque ella dice que nunca lo fue, en las zonas de ligue universitario. ¡Quemas hombre! Le dije a manera de saludo y estirándole la mano. Esta vez, basto su mirada de perplejidad y rechazo, para que callera en la cuenta y rápidamente corrigiera mi error. ¡Qué pena!, ¡que más mujer!

El tránsito entre los nombramientos a las identidades de género y de las sexualidades, ha sido un camino difícil para aquellos líderes, no sé si para las mujeres, que desde hace 20 años y mas venimos trabajando el tema del posicionamiento social y político del respeto hacia las diversidades. Fuimos pasando por el agregar letras en un propósito de inclusión de otras posibilidades, que ha terminado siendo un abecedario interminable y cada vez más confuso. Menos determinante de claridades. De lo gay a lo LG, a lo LGBT, y recientemente a LGBTI. Otros grupos incluso agregaron a sus siglas Q y no se cuentas otras letras más.

Pero más allá del acumular letras, la preocupación debería ser por  entender, para el respeto y el reconocimiento desde nuestras múltiples diversidades, que nuestras identidades se reconocen cada vez más diversas. Y es, en últimas, en las adecuaciones cotidianas, donde tenemos que garantizar inclusión en nuestro lenguaje, si queremos de verdad ser respetuosos e incluyentes. Un asunto que además, en mi caso, implica reconocerme y autoevaluarme, no solo en mis identidades, sino de mi interacción con el deseo hacia las otras. Durante nuestro último encuentro sectorial en Bogotá, por ejemplo, los gay presentes, al unisonó, mostramos nuestro encanto por algunos chicos que entraron al recinto. Minutos más tarde, en razón de las discusiones temáticas políticas, nos dimos cuenta que se trataba de hombres trans. No es lo cotidiano en nuestras experiencias de vida. Durante el refrigerio, los miramos con la incertidumbre que quizá algún día en reuniones similares intersectoriales no miraron a los gay, y los corrillos se llenaros de preguntas. ¿Serán además, lesbianas?, ¿o heteros?, ¿serán intersexuales? ¿O solo transgeneristas? ¿Serán tránsitos temporales, momentáneos, o definitivos?  ¿Cómo lo vivirán socialmente? ¿Será que nuestra lucha los recogerá realmente? ¿O simplemente en nuestras realidades de activismos ni nos los imaginamos?

Solo nos queda una respuesta. Aunque las siglas sigan creciendo con todas las letras del abecedario, que afortunadamente en nuestro español o castellano se cuenta con suficientes letras. Las diversidades de la vida, terminan por superarnos.


[1] En la jerga popular de las trans, esta palabra se utiliza para designar a aquellas personas gay muy afeminadas que no han decidido o no quieren hacer el tránsito desde el vestido o la identidad.

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