¡Alma mía! La realidad amorosa del aquí y el ahora o esa ilusión fantástica del más allá

P1050243aaa

Las transformaciones de nuestros cuerpos y pintas a lo largo de estos años juntos

Escaneé cada rincón. Los ojos bien abiertos. Una acción rápida en una sala no muy grande. El leve giro obligado de la cabeza evidenciaba un punto medio entre ansiedad y tedio.

Necesitaba hacerlo aunque la razón seguía señalándolo como un acto estúpido. Repasé nuevamente con la mirada. La puerta bien cerrada y el tapete bloqueando la luz en su parte baja. Las cortinas del ventanal extendidas. Casi a oscuras. Aislado en lo visual y sonoro. Así lo tenía planeado. No quería que alguien tratara de persuadirme o peor aún, de detenerme en pleno proceso.

Al fin estaba sólo luego de la Muerte de Alex. Muchos días anhelándolo. Víctor y Alejo, los otros dos en esta relación poliamorosa que fue de cuatro “tetraeja”, ahora de “trieja”, recién me confirmaban vía wap que habían llegado a las respectivas visitas de parientes. Los sabía entonces ocupados y a distancias que impedían un retorno sorpresivo. Era el momento.

En mi cabeza, una y mil imágenes de mi vida y de Alex. Cada vez más convencido de que a los muertos no volvemos a verlos nunca. Salvo, claro, en las memorias y en registros audiovisuales familiares y de prensa. Teníamos, menos mal, muchas fotos de nuestros recorridos juntos. Públicas y privadas. Solo allí seguía existiendo.

Aun así, es inevitable que las dualidades que se nos plantean del amor ronden la cabeza al momento de enfrentar la muerte del ser amado. El amor situado en el cuerpo, en las presencias, las realidades. O el amor, además, puesto en eso que los creyentes llaman alma y que imaginan trasciende la vida. Soy incapaz de imaginarme amado en un más allá. No cuando las “evidencias” no son más que actos de fe.

Prefiero pensarme ese cuerpo que se transforma, que incluso se deteriora. Donde habitan los enamoramientos y los deseos, pero que en la convivencia en el amor, va adquiriendo otros sentidos. Sin perder el deseo, las ganas del otro, se torna en admiración y en compañía. A mi juicio el escenario real del amor.

No es la costumbre, sino la construcción de cotidianidades juntos. Imaginarme lo otro es correr el riesgo de aplazarse los te quiero, en la añoranza de que habrá una segunda oportunidad en algún plano etéreo.

Recordé a Ann Druyan quien tras la muerte de Carl Sagan, su esposo, dijo: “Creo que no volveré a ver a Carl nunca más. Pero lo vi. Nos vimos el uno al otro. Nos encontramos el uno al otro en el cosmos, y eso fue maravilloso. Sabíamos que habíamos sido beneficiarios del azar.”

Yo, nosotros, con Alex también habíamos sido beneficiarios del mismo azar por 10 años y Víctor durante los últimos 16 meses. Una década de pasiones, meloserías y claro, algunas situaciones mínimas de peleas que él bloqueaba al no responder. Era calmado. No de pleitos.

Por eso necesitaba llorar por esa ausencia que sabía me acompañaría el resto de mis días. Por saber que no volvería a estar presente nunca más.

Necesitaba llorar y me había preparado. Aunque llorar no era lo mío. Se me hacia un acto sin sentido. No soluciona nada y en cambio deja los ojos y la nariz, rojos e hinchados. Además, provoca desde afuera lo que llaman consuelo. Una mirada lastimera, victimizante, que tampoco he soportado para mi humanidad.

Entendía que de niño llorar era necesario, casi por supervivencia, para alertar y ser protegido. Fui un niño bastante chillón. Pero muy rápido aprendí de mis hermanos machos y una mamá machista, que se llora en silencio, casi como un acto íntimo imperceptible.

En ésta ocasión, en cambio, quería llorar a todo pulmón. Lo hice dos o tres veces, borracho, a lo largo de mi vida y al día siguiente me sentía ridículo. Ya muy pocas veces me embriago. Sobre todo aprendí a no beber cuando estoy muy dolido. Prefería, muy de vez en cuando, llorar durante las rutinas de nado, en la piscina o en la ducha. Ahí el enrojecimiento de las mucosas se confunde con la reacción generada por el cloro.

Eso de llorar es un acto complicado si no es un hábito. Y cuando, por el contrario, hay casi una actitud de resistencia. Se requiere entonces de algo externo que facilite soltar las barreras. La música, por ejemplo, es más amable que emborracharse, aunque algunos la mezclen.

Dejar sonar a Elenita Vargas a muy buen volumen me facilitaría el llanto. No soporto vecindades bullosas. Así que aislarme era lo consecuente. Necesitaba gritar. Y grité a la Ronca de oro una y otra vez sin que nadie lo notara. Hasta saber que ya era lo justo. Que me había cumplido:

”No te olvidaré, mi bien, no te olvidaré, mi amor. Eso es imposible por lo que pasó

¡No, no! No te olvidaré, mi bien, no te olvidaré. Vivirás en mi alma una eternidad”.[1]

“Que pena que te vas me acostumbraba a tu forma de amar y enloquecía, cada vez que llegabas y me enseñabas tu manera de amar. Que pena que te vas pues he quedado muy mal acostumbrado. Y si vuelvo a enamorarme cuando el tiempo haya borrado estas huellas que llevo de ti, sé muy bien que en cada beso estarás tu de regreso y tendré necesidad de ti”.[2]

“Porque fueron tantos y tantos y tantos. Y tantos momentos que viví yo en ti. Que en tu cuerpo llevas mi molde y mi huella, mi Aliento y mi queja, palpitando en ti. Porque fueron tantos y tantos y tantos. Y tantos los besos que una vez te di. Que aunque te lavaras y de piel cambiaras, seguiría mi huella palpitando en ti”.[3]

Una música con mucha carga de dolores y desgracias. Prefiero, en consecuencia con lo de ser un marica feliz, almacenar en mi mente imágenes de tranquilidad y bienestar, pero este era un caso excepcional. A Elena Vargas la soporto porque, junto con la Durcal y la Carrá, entre muchas, fueron divas populares con las que muchas “locas” iniciamos nuestra vida social “publica” homosexual.

Repetí una y otra vez durante parte de la tarde estos y otros muchos temas de una  colección personal que mantengo ya guardada. Apegos que no he sido capaz de desechar. La edad y la razón nos van dejando marcas y resabios.

Lloré hasta que sentí que había logrado exorcizar en algo el dolor de la ausencia. Después fue de nuevo entrar en razón. Dormir un poco para bajar el enrojecimiento y demás huellas. Lavarme la cara con agua fría y volver a la realidad de que  llorar no arregla nada.

Centré de nuevo mis pensamientos en las presencias. Ya no las ausencias. Alex siempre estuvo ahí. Una década, constante, junto a mí, junto a nosotros. Los últimos tres meses, incluso, los aprovechamos para persistir en los te quiero, los besos, las meloserías, las seducciones. Nos reímos juntos, de las desgracias que nos determinaba ese final.

Una despedida larga que no dio tregua a detallarnos los deteriores del cuerpo. En él por su enfermedad y en nosotros por la necesidad de estar cada segundo en su compañía sin medir agotamientos.

Día tras día hasta que la realidad de su muerte nos tomo por sorpresa un amanecer de miércoles. La vida se detuvo para él y para nosotros. Todo cerca se sentía como en cámara lenta. Mientras, afuera, la ciudad seguía el ritmo de siempre. Indolente. Desentendida. Era, de todos modos, nuestro asunto íntimo. Domestico.

Cuerpos distintos pero no distantes

Por convicción no veo cadáveres y Alex no fue la excepción. La última imagen fue la de una bolsa negra sobre una camilla que sacaban de la habitación del hospital. El camillero insistió en pasar muy cerca de donde estaba sentado afuera. Pero yo baje la mirada o quizá opté por dirigirla a la ventana que, al fondo del salón, daba hacia ninguna parte.

Preferí recordarlo como hasta unas horas antes. Sonriéndonos y mirándonos a los ojos. O besándonos con unos muy finos labios donde perdimos la cuenta de besos. El último, una noche antes que me despedí para descansar mientras Alejo me relevaba.

No tenía duda de que su cuerpo había sido importante presencia. Sabía que nos  habíamos compartido, fundido, infinidad de veces en nuestros rituales de sexo y amor. Pero lo que me enamoró, su mirada y su sonrisa, trascendía ese cuerpo inerte.

Nuestros enamoramientos en la familia poliamorosa siempre fueron atípicos. Ninguno, incluyéndome, estoy seguro, fue el príncipe azul del otro o los otros. Fuimos dándonos el tinte de fantasía, real fantasía, con el paso del tiempo y nuestros rituales cotidianos de amor.

En lo personal, a cada uno lo he amado con una admiración y orgullo profundo por su ser y por sus logros pero sin idealizarlos. Una gran ventaja frente a los cambios lógicos del cuerpo y a los deterioros que las enfermedades y el proceso de muerte por enfermedad conllevan.

La gente afuera poco o nada parece entender. ¿Cómo puedes amarlo tan viejo? O tan feo, o tan gordo, o tan flaco. Preguntan muchas veces o lo sugieren entre chistes. Y en los momentos de enfermedad se vuelven comentarios lastimeros. “como estas de acabado” o “tenés que cuidarte”. Nunca he logrado entender si lo hacen en verdad por solidaridad,  por esa costumbre cultural de entrometerse o hasta por simple perversión.

Por eso también, como a llorar en silencio, aprendí que  mis procesos de enfermedad son íntimos. Evito que la gente, bien intencionada o no, se meta con mis transformaciones corporales. Ya habrá tiempo para contarlo como anécdota. Además, porque, sumado al exagerado culto por el cuerpo en el modelo gay, que nos obliga estar siempre “bellos” y “deseados”, el fantasma del sida permanece aún en las lecturas que desde afuera hacen de los procesos de enfermedad de un marica. Particularmente de uno libertario, libertino y desparpajado que como yo no esconde con malicia ni doble moral sus historias de sexo.

El cuerpo entonces, no fue para mí nunca un referente del amor. Cuerpos lindos han sido muchos los que he consumido en mis aventuras genitales, desde que empecé a los escasos 7 años.

Pero el cuerpo del amor lo he construido o resignificado de otras maneras. Por ejemplo, aunque me o nos escucharon hablar del gran atractivo de Alex. Un hombre lindo y deseado. Fue una transformación que se generó en nuestra convivencia.

Cuando llego a nosotros, los amigos cercanos nos preguntaban por “el chirrete”. Muy clara descripción del como se vestía. Pero fue hacerlo caer en la cuenta de su ser homosexual y de sus formas caporales e incluso feminidades, para que en pocos días pasara a ropas ajustadas y con muy buen gusto. Acorde, claro, con su calidad de gerente. Conservó el estilo hasta su muerte.

Lo mismo podría decir de Alejo. Llego a la relación con aspecto de rockero rebelde. Gronch[4]. Era casi un adolescente y su pinta consecuente con la búsqueda de libertades. Víctor, también muy joven desde su llegada, era una deliciosa golosina que provocaba el consumo. Aún así, también fue objeto de nuestras incidencias sobre todo en el vestir y sobre todo desde Alex.

En nuestra relación somos a diario el espejo del otro, pero con otros sentidos de la belleza. De las estéticas. Menos centradas en los estereotipos y más en el autoamor y en la evidencia de que nos importamos unos a otros.

Cómo estoy hoy” era y es la pregunta ritual antes de salir de casa. La respuesta enfatiza en ese amor propio de quien lo pregunta y en la admiración mutua que nos profesamos. A veces ni la pregunta. Basta la mirada.

Al momento de su muerte, el cuerpo de Alex no era más que su esqueleto forrado con piel y con un tumor evidente saliéndole a un lado de su estomago. Pero ahí estaban y se destacaban sus ojos, su sonrisa y sus labios, de los que nos enamoramos. Seguían ahí y eso vimos siempre.

También él se seguía viendo en su esencia. Pues sus rituales de auto cuidado y auto amor nunca dejaron de estar presentes hasta el último día de vida. Fue nuestro niño lindo hasta el momento en que cantando como en susurros, siguiendo las canciones en los audífonos conectados al celular, dejó de respirar.

No solo es la vivencia en el cuerpo idealizado de mi, nuestro, marido. Tengo imágenes parecidas de otras personas cercanas.

Ofelia, mi madre, la india de ojos claros, la recordaba de senos grandes y bastante alta. Bien parada, además, en sus tacones de puntas. Y al morir, sentía que su cuerpo reducido y con una pierna menos por causa de la diabetes, me cabía en las dos manos. Pero igual, en ella, su sonrisa tímida era, fue, lo que vi hasta el final.

Mis hermanos obreros, musculosos, al morir, esqueléticos, conservaban rasgos de una identidad perenne.

La mirada calculadora de Libardo, siempre inventando historias. Por algo fue “El Turco” cuando les trabajo en mantenimiento a los mafiosos, o “cosiaca” para la vecindad. Y la coquetería de Jaime con la que sedujo infinidad de mujeres.

Eso que a lo mejor solo seguimos viendo, quienes siempre les habíamos visto. En definitiva otros ojos para el mismo cuerpo distinto, pero nunca distante.

Era el cuerpo deteriorado y luego ausente. Pero, en el caso de Alex, no era la muerte en si lo que me afligía. Lloré porque necesitaba evacuar algunos dolores sostenidos durante el acompañamiento a su muerte.

Lloré por las ausencias y sin imaginar que en algún lado él me escucharía. El milagro de su amor no era algo del más allá. Fue una realidad vivida en el día a día. En el aquí y el ahora de 10 años juntos.

Como Ann, la compañera de Sagan, ratifico que: “Cada momento que estuvimos vivos y que estuvimos juntos fue milagroso – pero no en el sentido de haber sido inexplicable o sobrenatural” fue nuestra realidad vivida en el amor”.

Y Carl Sagan escribió en Cosmos: “sabes, en la vastedad del espacio y en la inmensidad del tiempo…Que hayamos podido estar juntos. Eso es algo que me sostiene y que es mucho más significativo.”

Y lo parafraseo para Alex, 10 años como nuestro compañero. Nuestro amor: “La forma en la que me trató y la forma en la que yo lo traté a él, la forma en la que nos cuidábamos el uno al otro y cuidábamos a nuestra familia, mientras vivió. Eso es mucho más importante que la idea de que lo volveré a ver algún día.”

Después del desahogo lo siguiente fue seguir reconociendo y valorando las  realidades de vida. El ejemplo de Alex, su memoria, sería la prueba y el aliciente para ello.

Aplicar lo mismo del amor siempre vigente en cada segundo de mi presente con Alejo, 18 años juntos a la fecha y con  Víctor, una bella inocentada de la vida que desde el 28 de diciembre de 2012 está a nuestro lado.

Realidades de cuerpos que se están transformando con el paso del tiempo, pero conservan su esencia. Esa esencia que denominamos amor. Amor eterno.

Realidades que me permiten seguir viendo como, mi cuerpo transformado en el espejo, nuestros cuerpos de familia poliamorosa, conservan para nosotros esas esencias que un día nos fueron enamorando. Siempre  en el aquí y el ahora. Nunca en la fantasía ilusoria de un más allá.

[1] Clamor https://www.youtube.com/watch?v=VVZ4HsDHWp4

[2] Que pena que te vas https://www.youtube.com/watch?v=cxSjFwBvooY&list=RDcxSjFwBvooY

[3] Mi huella https://www.youtube.com/watch?v=cpcrhP-tf6s&list=RDcpcrhP-tf6s

[4] El movimiento grunge o cultura grunge fue copiada de los ermitaños, un tanto abandonado, en el aspecto de dejar de lado el cuerpo físico para dedicarse a lo que ellos creen que puede suponer un mensaje para la humanidad. Se popularizo en torno a bandas cono Nirvana.

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s